sábado, 8 de octubre de 2016

Súbete a mi moto


 A Mara, mi amiga del alma.

Paso día y noche corriendo por ti, en mi moto doy mil vueltas a tu casa buscando ser feliz... Hace más de una semana que tengo esta cancioncita pegada en mi cabeza y todo por culpa de un vídeo de youtube que me han enviado desde el otro lado del atlántico: el de cinco cincuentones bailando como muchachitos y cantando canciones románticas de escolares. Cinco señores para escoger, con tripita o sin ella, con pelo o calvo, con cuerpo atlético o con canas, en un reencuentro musical en donde vuelvo a soñar. Si eres hombre, pero no latinoamericano, ni tienes una hermana seguramente no sabrás de lo que hablo. Mi marido entra en el estudio atraído por la ridiculez de la canción Súbete a mi moto y nota mi cara de boba frente a la pantalla del ordenador viendo el vídeo y cantando. Me pregunta con asombro “pero, ¿qué haces?” Y me suelto a contarle esa parte de mi vida desconocida para él con emoción de fanática. 

Tenía  nueve años cuando se desató la locura colectiva entre las niñas latinoamericanas. Cinco púberes puertorriqueños enfundados en brillantes licras ajustadas que cantaban canciones acerca de besos, piernas bonitas y motos veloces, desataron unos de los movimientos de masa más grandes del siglo XX, de esos que mueven las emociones y arrastran fanáticas histéricas y lloronas, tipo seguidoras de los Beatles con una estrategia de marketing sin igual.

El grupo Menudo, ¿qué cuarentona latinoamericana no se acuerda de ellos? Hubo una época de mi vida infantil, tan bonita como tonta, en la cual la pandillita de amiguitas de mi barrio vivíamos exclusivamente para los Menudo. Tardes enteras frente a una televisión y un betamax con grabaciones de sus actuaciones que rebobinábamos y pausábamos una y otra vez para aprendernos de memorias sus coreografías. Rene, Ricky, Xavier, Miguel y Johnny eran el amor platónico de las niñas y los más odiados por los niños del continente donde nací. Mi hermano mayor que por aquel entonces no podía comprender la estupidez en la cual había sido absorbida su querida hermanita, lo llevó en un ataque de odio a pintarle bigotes y dientes negros a un poster de los Menudos tamaño gigante que yo tenía cubriendo media pared de mi habitación. Ese día quedé sin lágrimas al ver a mis ídolos maltrechos, burlados por un familiar.


Si Menudo existiera en esta época donde predomina lo políticamente correcto, los psicólogos infantiles pegarían el grito al cielo y las consultas se llenarían de madres acudiendo con niñas poseídas por canciones  como su famoso hit Fuego. Camisetas, revistas, películas, fotonovelas, bolsos, clubes de fans invadieron el mercado. Los clubes de fans, merecen mención aparte porque podrían registrarse oficialmente. El nuestro era “Los caramelos de Menudo”, nos juntábamos para cantar, bailar y diseñar el uniforme que usaríamos para asistir a sus conciertos, siempre patrocinados por Gelatina Royal. Los Menudos llenaban estadios de niñas acompañadas de papás atormentados por los gritos de una multitud infantil emocionada con verlos de cerca, por sentirlos de carne y hueso. 


A mí desde menuda se me ha dado bien el género epistolar. En aquel tiempo pasé una semana escribiendo una carta de amor y de admiración pintada con corazones rojos y besos estampados con mi propia boca que envié a San Juan de Puerto Rico a la dirección que venía señalada en los casettes. Escribí un “río caudaloso de palabras amorosas” (así lo expresé en la carta, aún lo recuerdo) dedicadas especialmente a Miguel, quien era por el cual yo soñaba y el culpable de los castigos de mi papá  por salir mal en matemáticas. Para la sorpresa de toda la familia hubo respuesta. Estaba viendo la televisión cuando mi mamá entró en la habitación y me dijo “ve a ver lo que hay en el jardín”. Ahí estaba un sobre con el logo de Menudo, directamente traído desde la isla boricua. No me lo podía creer, ¡me habían contestado!, fui feliz con la fotocopia de un mensaje idéntico que enviaban a todas las fans, yo creí que era sólo para mí a pesar de la insistencia de mi hermano de intentar abrirme los ojos ante la realidad de una tinta de cartucho. Aún guardo la carta manoseada y amarillenta. 

Y si menudo respondía cartas ¿por qué no llamadas telefónicas? Y un día reunidas en nuestro club de fans en mi casa recibimos la llamada de Menudo. Hablamos con cada uno de sus integrantes, le cantamos nuestras canciones preferidas y establecimos con ellos una cita telefónica diaria. Moríamos de emoción, nos pellizcábamos para despertar de un sueño que sólo duró unas semanas. Hasta que un día descubrimos que era un vacilón, San Juan se escuchaba muy cerquita y empezamos a sospechar de la gran mentira, una broma que nos costó la inocencia. La mayor del grupo con una amiga talentosa para la imitación de voces nos estuvo engañando sin escrúpulos haciéndose pasar por los cantantes, nos sentimos mal y tristes y conocimos lo que duele la traición por primera vez en nuestras vidas. ¿Cómo era posible que una amiga nos hiciera esto?

Pero, como no hay tontería que dure cien años y cuerpo que lo aguante, el fenómeno se fue desvaneciendo, pero no olvidando. Si has tenido un amor platónico, esto te lo puedo asegurar, te va a seguir gustando a los quince, a los veinte o a los cincuenta. Y si Menudo se reuniera a los ochenta años seguiríamos deseando subirnos a la parrilla de sus motos, enamoriscándonos con el mismo ímpetu de aquellos años 80,  refugiándonos en sus letras simples, despreocupadas, desconectándonos por momentos de la realidad adulta al ritmo de Ven Claridad. Yo sería de las que se subiría al escenario con los años a cuestas a pellizcarle los michelines a René.