miércoles, 16 de noviembre de 2016

Súper Luna

Telescopio Werlisa Hercules 70076 + Canon IXUS 8015

La súper luna me ha traído un poquito de inspiración. Se había marchado sin avisarme dejándome a solas con mis preocupaciones y dudas existenciales, ha vuelto gracias a mi pasión por el cielo. Me gustan las nubes, los atardeceres, las estrellas, las rayas que dejan los aviones pintando el celeste... Lo primero que hago por las mañanas al abrir las persianas es mirar cómo está el lienzo donde se pinta el cielo a diario. 

Esta semana he estado eufórica esperando a la súper luna, la más grande desde hace 70 años. Me encanta esperar con entusiasmo estos espectáculos celestiales. Desde que vi la predicción atmosférica anunciando cielos despejados que permitirían ver el satélite terrestre cerquita comencé a prepararme. En Galicia son poco visibles porque el cielo está encapotado la mayor parte del año, esta vez era una oportunidad única.

Me hice fan de las súper lunas, la lluvia de meteoritos, la alineación de los planetas y toda clase de fenómenos astronómicos, desde que por allá en el siglo pasado presencié un eclipse total de sol, una de las experiencias más sublimes en mi vida. En parte porque en mi tierra nos preparamos y lo celebramos como la gran boda del siglo: el sol y la luna se abrazaron un 26 de febrero de 1998, declarado día festivo en todo el territorio nacional, porque sí una cosa tenemos los latinoamericanos es convertir un suceso inusual en un pretexto para montar una fiesta. El eclipse fue un acontecimiento tan esperado como la elección de Miss Venezuela. 

Para observar el eclipse nos reunimos familias y amigos acompañados de cervezas, barbacoas y música. Ese día todo se trastocó, el alumbrado público se encendió de pronto, los perros y los pájaros se fueron a dormir con el anochecer prematuro, y despertaron en la breve penumbra desconcertados con los gritos y los aplausos de toda la ciudad en júbilo. Recuerdo claramente las “sombras volantes”, esas franjas de luz y sombra que aparecen antes y después de los eclipses regando por todos lados pedacitos de lunas menguantes. Inolvidable. 


Así que ayer fue una ocasión especial para desempolvar el telescopio. La última vez lo habíamos usado para ver a Júpiter que en esa ocasión era visible a ojo pelao por los terrestres. Yo con anterioridad a estos fenómenos empiezo a entusiasmar a la familia y a preparar la logística: cámaras, libros de astronomía, apps de mapas celestiales, abrigos, bocatas… y si pudiera poner globos pintados de planetas en el techo del coche anunciando la actividad astronómica e invitando gente lo haría. En esa ocasión nos fuimos a un descampado en las afueras de la ciudad para ver si podíamos también observar a alguno de sus satélites. Cuando llegamos mi marido se dio cuenta que había olvidado el trípode del telescopio, en ese momento tuve deseos intensos de enviarlo directamente a Júpiter para que la gravedad del planeta lo convirtiera en un reptil y se quedara pegado a él para siempre. Terminamos resignados comiéndonos los bocatas dentro del coche mirando aquel puntito en el firmamento llamado planeta. 

No se me volvería a chafar la fiesta de esa manera otra vez. Desde antes del atardecer puse todo a punto para esperar  la supermoon y poder fotografiarla en todo su esplendor. Y así fue, se veía tan brillante a través del telescopio que nuestras pupilas se enloquecían en cada observación, acoplé como pude la cámara compacta en el visor del telescopio para tener un recuerdo del día en el cual la luna nos miró a 356.511 kilómetros de la Tierra desde esa posición que los científicos han llamado perigeo. He querido guardar esa luna cascabelera de queso o de pan como decía aquella canción de mi niñez. 

Mientras la observaba pensé en todos los mitos que se han dicho sobre la influencia de ella en nuestras vidas, las canciones que se le han dedicado, el significado romántico de mirarla fundidos en un abrazo de enamorados, la relación de sus fases con la psicosis, con los hombres lobos, los baños de luz de luna en las comunidades de la new age...  La única certeza la tienen las mareas.

Cada cultura le otorga una leyenda, una creencia, porque al final como leí por ahí “sin la poesía la luna sólo es la luna".


Tonada de Luna Llena en la maravillosa voz de Natalia Lafourcade.