Rebajas

by - enero 28, 2017


Salgo a vagabundear un rato por las calles de Santiago. Desde la acera, el escaparate de una tienda en rebajas me tienta a entrar. En la puerta está un niño despatarrado y aburrido obligando a los clientes a dar una larga zancada al entrar. 

Cualquier gallinero está más ordenado que la tienda; ropa tirada por doquier, mesones de pantalones revueltos a 8.99.  Entre tanta confusión el mismo pantalón es asido por dos personas al mismo tiempo, perchas esparcidas en el suelo como una pista de carreras de obstáculos. Ante la histeria colectiva las vendedoras tienen cara de repetirse un mantra para no enloquecer acomodando la ropa que en segundos volverá a estar desdoblada sin misericordia. 

Por el altavoz animan el local con un reggaetón, el cantante es un hombre enamorado chantajeado por el movimiento sensual de las caderas al bailar de la mujer que ama. A mi alrededor veo maridos con el ceño fruncido haciendo de percheros, novios en la zona del probador esperando con emoción cuando la cortina se abre y sus chicas les preguntan como les queda el escote de moda, bebés en sus carritos recordándoles  a sus madres con enérgicos pataleos la hora del biberón, adolescentes que lanzan a sus amigas de un probador a otro las minifaldas de moda. Un chico joven enfundado en unos jeans pitillos al estilo Joey Ramones, le pregunta con inseguridad a la vendedora si no estará muy ajustado, se le marca hasta el alma.

Me divierto con el apartado de ropa kitsch, brillos, pelos y animal print: vestidos de lentejuelas y abrigos con pintas de leopardo, nunca han sido de mi agrado, me recuerdan más una fiesta hortera que a la elegancia. Aunque debo confesar que víctima de la moda, días atrás me he comprado unas zapatillas plomizas metalizadas que Robocop usaría encantado. Arrepentida, sólo las uso para caminar hasta las clases de yoga. 

Nada en la tienda me gusta hasta que veo un jersey de diseño gastado, envejecido, roto. Me enamoro de él porque es imposible que no se me salga el estilo grunge veinteañero esfumado por la edad, pero siempre vuelve como una reminiscencia de aquellos intensos años en los cuales creía que mi vida sería una carrera de aventuras y desenfreno. Y aquí estoy sola, frente al espejo de un probador con esa luz cenital señalándome sin piedad el paso del tiempo, apurando los sueños por cumplir.  Me queda bien a pesar de que ese foco en lo alto diga lo contrario, la luz de los probadores son un atentado a la autoestima. Los fotógrafos sabemos que una luz arriba, directa hace estragos en cualquier rostro. Es tan siniestra como la monotonía. 

Al final compro el jersey a un precio casi regalado. En la puerta están dos ancianas con los brazos enredados, apoyándose mutuamente para hacer el paso más firme, una le dice a la otra: "entremos aquí, a ver que hay para nosotras”.

Sigo el camino con la bolsa en la mano, ahora me llama un café.

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