Breve apunte sobre Venezuela

by - abril 26, 2017

Foto: Donaldo Barros

Hace más de una década, recién establecida en Santiago cuando la soledad era apremiante conocí a una chica italiana, nacida en Bari, estudiante de doctorado, de piel mediterránea y con una risa para adentro como si aspirara las bromas con cada carcajada. Adri, así le llamábamos, era hipersociable y me integró a su grupo de amigos multiculturales. A ella al igual que a mí, le gustaba conocer gente de todas las nacionalidades posibles y juntarlas en el salón de su diminuto apartamento donde a veces estábamos codo con codo degustando sus espaguetis y el vino de su tierra. 

Aquellas cenas estudiantiles conversadas hasta la madrugada versaban alrededor de historias personales de acuerdo al nacimiento geográfico del narrador, de esa manera íbamos conociendo el mundo en palabras de sus propios protagonistas: los paisajes noruegos, la sensualidad del Brasil, la elegancia del lenguaje francés, el picante mexicano, la belleza de las mujeres libanesas, la alegría colombiana o el azul del trópico… Los cubanos presentes siempre se llevaban la palma con sus experiencias de vida que empezaban bien y terminaban mal. Contaban las historias con ese lenguaje jocoso que el Caribe les regala y a pesar de la tragedia narrada eran capaces de arrancarle risotadas hasta al austríaco más circunspecto del grupo. Las escuchábamos entre el estupor y el asombro de una realidad que nos sonaba a “cuento chino”, a ficción de la buena. Historias de exilios forzosos, de miedo, de incertidumbre, de buscarse la vida como se pudiera. Las tengo todas registradas en mi cabeza, con sus rostros, sus nombres y apellidos. 

Cuando estaba embarazada de mi primer hijo, una tarde se apareció mi marido en casa con una bolsa grande, de esas negras usadas para la basura desbordada de muestras de productos para bebés: sobres de leche maternizada, de papillas, toallitas limpiadoras, de medicamentos, de pañales, hasta esas infusiones que prometen dormir a recién nacidos con feroces cólicos. Pensé que la inminente paternidad le había enloquecido. 


Con asombro le pregunté por semejante recolección, me contestó que se lo había dejado su becario cubano. Volvía a la Habana y durante su estadía en España para doctorarse había reunido ese arsenal de productos para su hijo pendiente de nacer en el otro lado del mundo. No pudo llevárselo por falta de espacio en sus maletas y se lo dejó a mi marido a sabiendas que pronto también se estrenaba como padre. Todas esas cosas promocionadas gratuitamente en la revistas de maternidad y en las farmacias españolas faltaban en la isla. Esa bolsa me partió el alma, pensé en lo mal repartido que está el mundo. Me dejó aturdida, porque empezaba a conocer de cerca la gloria de la revolución cubana admirada aún por algunos. Esa realidad idílica vendida por la propaganda gubernamental como un sistema social perfecto.

Años atrás conocí a un auténtico revolucionario. Desperdició horas de su juventud fusil en mano recorriendo de ida y vuelta una playa de la isla durante toda la noche para defenderla del imperio amenazante situado al otro lado de la orilla. Después de diez años y aún trabajando para el gobierno, sus sueños de una sociedad justa se desbarataron al sentir en sus propias carnes que su vida ni la de su pueblo progresaba, los beneficios de la tan defendida revolución quedaban en manos de quienes vestían los uniformes verdes. En aquel tiempo esas historias me quedaban tan lejos… Pero, a veces los pueblos escogen caminos errados y transitan por los mismos senderos a pesar de las advertencias de quienes realmente hacen un país: su gente, la de a pie, como tú, como yo.

autor desconocido
Y ahora esas historias me toca contarlas a mí. No en primera persona, sino a través de mi familia, mis amigos, mi gente que viene a ser lo mismo. Estamos unidos a los cubanos por una realidad imitada bastante más torcida, las mismas situaciones se repiten, se entrecruzan y se recrudecen en mi país de origen: Venezuela.

La caída de Venezuela fue tan vertiginosa que a menudo lo pienso y no lo puedo creer. Recuerdo las advertencias de algunos conocidos cubanos y como me recitaban mes a mes la próxima zancada que daría el gobierno venezolano con la finalidad de amarrarse en el poder con el único propósito de llenarse sus bolsillos de petrodólares a costa de un pueblo hambriento, sometido y humillado. Venezuela, la tierra donde nací, conocida en el mundo como el país de las misses, las telenovelas y el petróleo, pasó a ser el ejemplo mundial de todo lo malo que le puede pasar a un pueblo. A un pueblo que elige mal  a sus gobernantes.

Venezuela es una anormalidad donde no se garantiza la vida, la comida, la asistencia médica y la seguridad escasean de manera alarmante ante la mirada indolente de sus mandatarios. Un gobierno que comanda grupos parapoliciales en defensa de la revolución bolivariana al estilo de los Castros materializada gracias a un pueblo decepcionado, fervoroso y fiel que puso sus esperanzas en los delirios de un militar golpista, narcisista y locuaz poseedor de una manguera de petróleo con la cual compraba lealtades internacionales. La muerte  se  lo llevó prematuramente, pero para más desgracia dejó su revolución atada antes de morir animando a sus seguidores a votar por su pésima imitación: Nicolás Maduro, un show de mal gusto, despiadado y cruel viviendo en su cuartel de mentirita. Un presidente que se burla de todos los venezolanos bailando salsa en la televisión mientras las ciudades arden y la gente muere en cada manifestación. Un mandatario inútil rodeado por sus secuaces hambrientos de dinero para los cuales la constitución no es más que un librito del cual se jactan y levantan en sus discursos, pero incumplen con total impunidad. 

Los venezolanos empezamos hace rato a incorporar vocablos propios de las dictaduras que creíamos improbables en el siglo XXI y a crear los propios. A diferencia de los antiguos regimenes autoritarios, los de ahora se votan en las urnas,  y se implantan de a poquito a través de un populismo vendedor de ilusiones. Cuando el pueblo despierta ya está hundido. Nuestro exilio empieza a ser forzoso y a tener el mismo miedo de los cubanos, ese temor que padecen aún fuera de su país que para criticar y narrar las barbaridades del poder hablan en tono bajito porque los tentáculos del régimen se extienden fuera de las fronteras con el dinero público. 

Mi país ya no es más el mismo donde crecí, ese de mi memoria, con su mar caribe, su tierra generosa donde antaño muchos extranjeros encontraron un refugio huyendo de la guerra que en la actualidad nos amenaza. Hoy huele a humo que hace llorar, al humo asfixiante que envuelve a la gente enfrentándose a la brutal represión y a la muerte sin más armas que el deseo de tener una vida donde se respeten los derechos humanos. Queremos un lugar donde la vida tenga valor sin distinción de ideologías, donde el rojo vuelva a ser un simple color y no el símbolo de la violencia, la intolerancia, la corrupción, el engaño, la burla y la sumisión a cambio de una caja de comida. Soñamos con el país de antes a pesar de su democracia imperfecta.

Desde la distancia tengo un sentimiento entre la derrota y la esperanza, la incertidumbre, la tristeza me quita el sueño y me arrebata los buenos pensamientos. Hoy no estoy aquí, estoy allá.

Brigada de primeros auxilios de los estudiantes de medicina de la Universidad Central de Venezuela

Mientras se reconstruye la historia me consuelo admirando a esos héroes anónimos con sus ganas de un país mejor, a los muchachos nacidos en el régimen que hoy luchan por conocer otra manera de gobernar, a esas ancianas regañando a sus represores como lo harían con un nieto descarriado, a batallones de madres marchando por el futuro de sus hijos. A los valientes estudiantes invencibles con sus reinvindicaciones . A los futuros médicos del país atendiendo heridos en el campo de batalla, a los reporteros que con sus cámaras gritan al mundo la fiereza de la represión. Mi respeto, admiración y apoyo a todos los que han hecho una pausa en su cotidianidad para luchar por el bien común. Mi más sentido homenaje a los que se han ido por una bala en su búsqueda de la libertad. Para ellos pedimos justicia.

Esto es sólo mi rápida pincelada personal de la convulsión venezolana a manera de desahogo.

Buscamos la salida pacífica y constitucional de este gobierno ineficaz aunque insista en hacerla violenta.

Perseguimos el retorno de la democracia para volver a abrazarnos en paz.

Queremos un país donde las palmeras sean las únicas banderas. 

Te puede gustar

0 comentarios