domingo, 14 de mayo de 2017

La maestra Diana, mi mamá

Esta es mi mamá, la maestra Diana, en realidad se llama Teresa y muy pocos lo saben. 

Es del pueblo donde tumbaron la estatua de Chávez en estos días. Es moderna: tiene face, instagram, whatsapp y le gusta mandar emoticones. No perdona las faltas de ortografía.

De joven siempre usaba tacones. No puede vivir sin hacerse las mechas y la pedicura. Se viste de colores vivos, tropicales, pero los hijos le salimos rockeros. Insiste siempre en que comamos con poca sal y grasa. Prepara una chalupa alabada por la familia entera y una sopa con cilantro que perfuma toda la casa y parte de la cuadra donde vive. 

La enloquecen los postres como el flan y el quesillo. Le gusta ver películas. Se agarra la barriga de la risa viendo la serie de TV Seinfield. 

Hoy es día de las madres en Venezuela. Yo me muero por abrazarla y tocarle el brazo frío como en mi niñez. A ella siempre le ha gustado mucho el aire acondicionado a temperatura de Siberia. Cuando yo era pequeña me echaba la siesta a su lado y me encantaba acariciar sus brazos carnosos que se les ponían como un hielo.  Espero volver a echarme la siesta contigo mamita. Tus brazos son mi vicio.
¡Feliz día!
 

sábado, 6 de mayo de 2017

Ni muu, Sr Dictador

En la novela de García Márquez “Noticia de un secuestro” hay un cura que habla con el mar. Un personaje inolvidable que hace de mediador de paz entre las partes involucradas en un conflicto.

Si en el mágico Macondo del Nobel de Literatura hubiera un presidente vestido de dictador que hablara con las vacas y encima les propusiera un cargo de diputadas en el congreso, los lectores pensaríamos que la escena era cosa de su fértil imaginación.

Para desgracia de mi país esa escena es real, un acto digno de realismo mágico latinoamericano. Ofensivo para la tragedia humana de Venezuela. De esa manera Nicolás Maduro concibe al pueblo; como una manada de animales domesticados, privados de libertad, callados y chantejeados esperando su bocado de comida. Enviándolos al matadero con su represión policial sin consideración, sin remordimientos, violentando el derecho a la vida.
La desconcertante escena en donde ese hombre de casi dos metros de carne, con sed de poder y sangre habla en tono imperativo señalando a los animales buscando apoyo político es una metáfora de su desesperación. Un cartucho para sí mismo. El final de este capítulo triste de nuestra historia. Pasará a la historia como un cruel bufón.

Venezuela será libre.

miércoles, 26 de abril de 2017

Breve apunte sobre Venezuela

Foto: Donaldo Barros

Hace más de una década, recién establecida en Santiago cuando la soledad era apremiante conocí a una chica italiana, nacida en Bari, estudiante de doctorado, de piel mediterránea y con una risa para adentro como si aspirara las bromas con cada carcajada. Adri, así le llamábamos, era hipersociable y me integró a su grupo de amigos multiculturales. A ella al igual que a mí, le gustaba conocer gente de todas las nacionalidades posibles y juntarlas en el salón de su diminuto apartamento donde a veces estábamos codo con codo degustando sus espaguetis y el vino de su tierra. 

Aquellas cenas estudiantiles conversadas hasta la madrugada versaban alrededor de historias personales de acuerdo al nacimiento geográfico del narrador, de esa manera íbamos conociendo el mundo en palabras de sus propios protagonistas: los paisajes noruegos, la sensualidad del Brasil, la elegancia del lenguaje francés, el picante mexicano, la belleza de las mujeres libanesas, la alegría colombiana o el azul del trópico… Los cubanos presentes siempre se llevaban la palma con sus experiencias de vida que empezaban bien y terminaban mal. Contaban las historias con ese lenguaje jocoso que el caribe les regala y a pesar de la tragedia narrada eran capaces de arrancarle risotadas hasta al austríaco más circunspecto del grupo. Las escuchábamos entre el estupor y el asombro de una realidad que nos sonaba a “cuento chino”, a ficción de la buena. Historias de exilios forzosos, de miedo, de incertidumbre, de buscarse la vida como se pudiera. Las tengo todas registradas en mi cabeza, con sus rostros, sus nombres y apellidos. 

Cuando estaba embarazada de mi primer hijo, una tarde se apareció mi marido en casa con una bolsa grande, de esas negras usadas para la basura desbordada de muestras de productos para bebés: sobres de leche maternizada, de papillas, toallitas limpiadoras, de medicamentos, de pañales, hasta esas infusiones que prometen dormir a recién nacidos con feroces cólicos. Pensé que la inminente paternidad le había enloquecido. 

domingo, 9 de abril de 2017

Chale 29



"El único inconveniente era el fantasma del matrimonio a la fuerza. Pues no sé qué malos precedentes habían hecho prosperar en la costa la creencia de que las novias de Bogotá se hacían fáciles con los costeños y les ponían trampas de cama para casarnos a la fuerza. Y no por amor, sino por la ilusión de vivir con una ventana frente al mar".

Vivir para contarla. Gabriel García Márquez.

domingo, 19 de marzo de 2017

El discreto encanto de Portugal


Portugal es como esas personas discretas llenas de encantos por descubrir. De las que no alardean de su atractivo, muy por el contrario tienes que poner ingenio para conocer todos sus tesoros de poquito a poquito. Conservan ese halo de misterio fascinante en cada encuentro y te dejan con ganas de más. Una vez conocidas son tan entrañables que nunca se olvidan.

Así es Portugal, siempre es un placer volver a recorrer sus calles, fundirse en todos sus rincones para admirar la discreción de sus encantos.




 Vila Nova de Cerveira. Portugal.

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miércoles, 8 de marzo de 2017

Mi papá inventó el selfie

Me sé de memoria el álbum fotográfico de mi madre. Ella, una recién estrenada mamá guardó los recuerdos de cuando éramos pequeños en un delicado álbum familiar. Cada foto tenía una leyenda escrita con su bonita caligrafía de maestra de primaria. Debajo de mi foto de recién nacida, por ejemplo puede leerse: me llamo Elda, nací un dos de enero de mil novecientos (y tanto) en la policlínica Maracaibo a las doce y media de la noche. En otra está mi hermano mayor en el jardín mirándose una pierna, la leyenda dice: ¡Oh! me ha picado una hormiga,  su primera experiencia con un insecto está documentada en la historia de nuestra familia.

Yo crecí mirando ese álbum, de niña tenía una fascinación por él, mi pequeño cerebro captó esas fotos con sus respectivas descripciones. Creo que esto me ayudó a ser una persona con autoconocimiento personal, de los hitos en mi vida desde el primer diente hasta mis primeros pasos, así he podido escribir desde entonces mi línea del tiempo con pelos y señales.

El fotógrafo era mi padre de pura intuición y con una pequeña kodak coleccionó recuerdos. Preparaba los escenarios con dedicación: yo con mi oso de peluche preferido, gateando, junto a mi hermano disfrazado de superhéroe improvisado con un calzoncillo en la cabeza a manera de máscara rodeado por un montón de muñecos salvados del mal, con mi hermano menor haciendo travesuras, en el jardín con nuestras mascotas... O un autorretrato frente al espejo conmigo de bebé, cuando veo esa fotografía tengo que decirlo: ¡Mi papá inventó el selfie! 

Hace algún tiempo en una noche de desvelo haciendo zapping en la tv me topé con una hermosa película, no recuerdo el nombre, ni tampoco su director (estaba empezada). Podría decirse que también era un documental, el director encontró unos rollos de películas en la basura de un contenedor en una calle de Barcelona. Con ellos y con una excelente edición hizo un largometraje de una familia barcelonesa.

sábado, 28 de enero de 2017

Rebajas


Salgo a vagabundear un rato por las calles de Santiago. Desde la acera, el escaparate de una tienda en rebajas me tienta a entrar. En la puerta está un niño despatarrado y aburrido obligando a los clientes a dar una larga zancada al entrar. 

Cualquier gallinero está más ordenado que la tienda; ropa tirada por doquier, mesones de pantalones revueltos a 8.99.  Entre tanta confusión el mismo pantalón es asido por dos personas al mismo tiempo, perchas esparcidas en el suelo como una pista de carreras de obstáculos. Ante la histeria colectiva las vendedoras tienen cara de repetirse un mantra para no enloquecer acomodando la ropa que en segundos volverá a estar desdoblada sin misericordia. 

Por el altavoz animan el local con un reggaetón, el cantante es un hombre enamorado chantajeado por el movimiento sensual de las caderas al bailar de la mujer que ama. A mi alrededor veo maridos con el ceño fruncido haciendo de percheros, novios en la zona del probador esperando con emoción cuando la cortina se abre y sus chicas les preguntan como les queda el escote de moda, bebés en sus carritos recordándoles  a sus madres con enérgicos pataleos la hora del biberón, adolescentes que lanzan a sus amigas de un probador a otro las minifaldas de moda. Un chico joven enfundado en unos jeans pitillos al estilo Joey Ramones, le pregunta con inseguridad a la vendedora si no estará muy ajustado, se le marca hasta el alma.

Me divierto con el apartado de ropa kitsch, brillos, pelos y animal print: vestidos de lentejuelas y abrigos con pintas de leopardo, nunca han sido de mi agrado, me recuerdan más una fiesta hortera que a la elegancia. Aunque debo confesar que víctima de la moda, días atrás me he comprado unas zapatillas plomizas metalizadas que Robocop usaría encantado. Arrepentida, sólo las uso para caminar hasta las clases de yoga. 

Nada en la tienda me gusta hasta que veo un jersey de diseño gastado, envejecido, roto. Me enamoro de él porque es imposible que no se me salga el estilo grunge veinteañero esfumado por la edad, pero siempre vuelve como una reminiscencia de aquellos intensos años en los cuales creía que mi vida sería una carrera de aventuras y desenfreno. Y aquí estoy sola, frente al espejo de un probador con esa luz cenital señalándome sin piedad el paso del tiempo, apurando los sueños por cumplir.  Me queda bien a pesar de que ese foco en lo alto diga lo contrario, la luz de los probadores son un atentado a la autoestima. Los fotógrafos sabemos que una luz arriba, directa hace estragos en cualquier rostro. Es tan siniestra como la monotonía. 

Al final compro el jersey a un precio casi regalado. En la puerta están dos ancianas con los brazos enredados, apoyándose mutuamente para hacer el paso más firme, una le dice a la otra: "entremos aquí, a ver que hay para nosotras”.

Sigo el camino con la bolsa en la mano, ahora me llama un café.

sábado, 21 de enero de 2017

Microrrelato: La creación

Foto: Pinterest

 Era tarde cuando me di cuenta que estaba siendo devorada por mi propio invento.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Súper Luna

Telescopio Werlisa Hercules 70076 + Canon IXUS 8015

La súper luna me ha traído un poquito de inspiración. Se había marchado sin avisarme dejándome a solas con mis preocupaciones y dudas existenciales, ha vuelto gracias a mi pasión por el cielo. Me gustan las nubes, los atardeceres, las estrellas, las rayas que dejan los aviones pintando el celeste... Lo primero que hago por las mañanas al abrir las persianas es mirar cómo está el lienzo donde se pinta el cielo a diario. 

Esta semana he estado eufórica esperando a la súper luna, la más grande desde hace 70 años. Me encanta esperar con entusiasmo estos espectáculos celestiales. Desde que vi la predicción atmosférica anunciando cielos despejados que permitirían ver el satélite terrestre cerquita comencé a prepararme. En Galicia son poco visibles porque el cielo está encapotado la mayor parte del año, esta vez era una oportunidad única.

Me hice fan de las súper lunas, la lluvia de meteoritos, la alineación de los planetas y toda clase de fenómenos astronómicos, desde que por allá en el siglo pasado presencié un eclipse total de sol, una de las experiencias más sublimes en mi vida. En parte porque en mi tierra nos preparamos y lo celebramos como la gran boda del siglo: el sol y la luna se abrazaron un 26 de febrero de 1998, declarado día festivo en todo el territorio nacional, porque sí una cosa tenemos los latinoamericanos es convertir un suceso inusual en un pretexto para montar una fiesta. El eclipse fue un acontecimiento tan esperado como la elección de Miss Venezuela. 

Para observar el eclipse nos reunimos familias y amigos acompañados de cervezas, barbacoas y música. Ese día todo se trastocó, el alumbrado público se encendió de pronto, los perros y los pájaros se fueron a dormir con el anochecer prematuro, y despertaron en la breve penumbra desconcertados con los gritos y los aplausos de toda la ciudad en júbilo. Recuerdo claramente las “sombras volantes”, esas franjas de luz y sombra que aparecen antes y después de los eclipses regando por todos lados pedacitos de lunas menguantes. Inolvidable. 


Así que ayer fue una ocasión especial para desempolvar el telescopio. La última vez lo habíamos usado para ver a Júpiter que en esa ocasión era visible a ojo pelao por los terrestres. Yo con anterioridad a estos fenómenos empiezo a entusiasmar a la familia y a preparar la logística: cámaras, libros de astronomía, apps de mapas celestiales, abrigos, bocatas… y si pudiera poner globos pintados de planetas en el techo del coche anunciando la actividad astronómica e invitando gente lo haría. En esa ocasión nos fuimos a un descampado en las afueras de la ciudad para ver si podíamos también observar a alguno de sus satélites. Cuando llegamos mi marido se dio cuenta que había olvidado el trípode del telescopio, en ese momento tuve deseos intensos de enviarlo directamente a Júpiter para que la gravedad del planeta lo convirtiera en un reptil y se quedara pegado a él para siempre. Terminamos resignados comiéndonos los bocatas dentro del coche mirando aquel puntito en el firmamento llamado planeta. 

No se me volvería a chafar la fiesta de esa manera otra vez. Desde antes del atardecer puse todo a punto para esperar  la supermoon y poder fotografiarla en todo su esplendor. Y así fue, se veía tan brillante a través del telescopio que nuestras pupilas se enloquecían en cada observación, acoplé como pude la cámara compacta en el visor del telescopio para tener un recuerdo del día en el cual la luna nos miró a 356.511 kilómetros de la Tierra desde esa posición que los científicos han llamado perigeo. He querido guardar esa luna cascabelera de queso o de pan como decía aquella canción de mi niñez. 

Mientras la observaba pensé en todos los mitos que se han dicho sobre la influencia de ella en nuestras vidas, las canciones que se le han dedicado, el significado romántico de mirarla fundidos en un abrazo de enamorados, la relación de sus fases con la psicosis, con los hombres lobos, los baños de luz de luna en las comunidades de la new age...  La única certeza la tienen las mareas.

Cada cultura le otorga una leyenda, una creencia, porque al final como leí por ahí “sin la poesía la luna sólo es la luna".


Tonada de Luna Llena en la maravillosa voz de Natalia Lafourcade.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Scream


Música para levantar el ánimo cuando está tan caído como las hojas en el otoño: Scream de  Paolo Nutini

sábado, 8 de octubre de 2016

Súbete a mi moto


 A Mara, mi amiga del alma.

Paso día y noche corriendo por ti, en mi moto doy mil vueltas a tu casa buscando ser feliz... Hace más de una semana que tengo esta cancioncita pegada en mi cabeza y todo por culpa de un vídeo de youtube que me han enviado desde el otro lado del atlántico: el de cinco cincuentones bailando como muchachitos y cantando canciones románticas de escolares. Cinco señores para escoger, con tripita o sin ella, con pelo o calvo, con cuerpo atlético o con canas, en un reencuentro musical en donde vuelvo a soñar. Si eres hombre, pero no latinoamericano, ni tienes una hermana seguramente no sabrás de lo que hablo. Mi marido entra en el estudio atraído por la ridiculez de la canción Súbete a mi moto y nota mi cara de boba frente a la pantalla del ordenador viendo el vídeo y cantando. Me pregunta con asombro “pero, ¿qué haces?” Y me suelto a contarle esa parte de mi vida desconocida para él con emoción de fanática. 

Tenía  nueve años cuando se desató la locura colectiva entre las niñas latinoamericanas. Cinco púberes puertorriqueños enfundados en brillantes licras ajustadas que cantaban canciones acerca de besos, piernas bonitas y motos veloces, desataron unos de los movimientos de masa más grandes del siglo XX, de esos que mueven las emociones y arrastran fanáticas histéricas y lloronas, tipo seguidoras de los Beatles con una estrategia de marketing sin igual.

El grupo Menudo, ¿qué cuarentona latinoamericana no se acuerda de ellos? Hubo una época de mi vida infantil, tan bonita como tonta, en la cual la pandillita de amiguitas de mi barrio vivíamos exclusivamente para los Menudo. Tardes enteras frente a una televisión y un betamax con grabaciones de sus actuaciones que rebobinábamos y pausábamos una y otra vez para aprendernos de memorias sus coreografías. Rene, Ricky, Xavier, Miguel y Johnny eran el amor platónico de las niñas y los más odiados por los niños del continente donde nací. Mi hermano mayor que por aquel entonces no podía comprender la estupidez en la cual había sido absorbida su querida hermanita, lo llevó en un ataque de odio a pintarle bigotes y dientes negros a un poster de los Menudos tamaño gigante que yo tenía cubriendo media pared de mi habitación. Ese día quedé sin lágrimas al ver a mis ídolos maltrechos, burlados por un familiar.

Melancolía


"Y sin embargo… Y sin embargo no sé qué, no sé qué pero seguí creyendo muchos años más en un nuevo encuentro con Florence. Y ahora que lo pienso, tal vez por eso escribí sobre ella guardando muchos datos, el lugar, mi nacionalidad, nuestros juegos preferidos, y hasta nombres de personas que ella podría reconocer fácilmente. Sí, a lo mejor escribí aquel cuento llevado por la vaga esperanza de que algún día lo leyera y me buscara por todo lo que sobre ella decía en él, a lo mejor lo escribí, en efecto, como una manera vaga, improbable, pero sutil, de llamarla, de buscarla, en el caso que siguiera siendo la misma Florence de entonces, la bromista, la pianista, la hipersensible. No puedo afirmarlo categóricamente pero la idea me encanta: un hombre no se atreve a buscar a una persona que recuerda con pasión".

Fragmento de "El breve retorno de Florence, este otoño" de Alfredo Bryce Echenique. Uno de mis escritores preferidos.

martes, 6 de septiembre de 2016

martes, 30 de agosto de 2016

Sevilla no se puede explicar



Decía el chef Adriá Ferran en una entrevista que Sevilla no se puede explicar, es cierto hay que visitarla para entender el por qué España vende su turismo a través de Andalucía, el alma de los folletos turísticos. 

Sevilla es una ciudad con una fuerte identidad cultural, el calor del sur ha moldeado el carácter de sus gentes caracterizada por la amabilidad y la cercanía afectiva que hace sentir al turista como en casa.

El paso del Guadalquivir bordeado por una arquitectura monumental por las noches se convierte en escenario que parece el fotograma de una película romántica. Desde el barrio de Triana, cuna del flamenco hasta el de Santa Cruz, con sus casas de patios interiores diseñados para refrescar las tardes de "la caló", y adornados con flores coloridas (algunos son una miniselva), hacen que uno caiga en extasis visual, una belleza que puede más que cuarenta y dos grados. Los sevillanos acostumbrados a las maravillas de la ciudad no entienden a los turistas que llegamos en masa a visitar Sevilla en pleno verano; "estáis locos", me dijo un vigilante cuando me quejé del calor por puro vicio, (soy de una ciudad calurosa, así que soy valiente para el calor.), en nuestra estancia el termómetro marcaba unos muchísmos grados de más que atormentaron a mis norteños hijos. 

Hice sopotocientas fotos, rápido, al vuelo diría, porque la familia no quería esperarme con semejante calorón.

Pero allí resistimos armados de sombreros, abanicos, agua y helados dejándonos querer por la ciudad.

 

miércoles, 27 de julio de 2016

Diario de viaje: Islas Cíes.


Ayer estuvimos en las Islas Cíes y fuimos saqueados por gaviotas. Aprovecharon cuando estábamos chapoteando en la orilla y nos picotearon la bolsa de comida. Nos robaron el pan, los pistachos y nos desordenaron el chiringuito. 

Comimos acurrucados debajo de las sombrillas sentados en círculo vigilando el vuelo rasante de las aves que nos velaban unos macarrones desabridos que mi amigo Jesús y yo preparamos sin una pizca de condimento en la madrugada, casi dormidos y muertos de cansancio turístico.

Se nos acercó a pie una gaviota fea, sucia y despelucada con pinta de malandra y nos pegó un grito al ladito porque enterramos los pistachos que regaron. 

A una muchacha que estaba tomando el sol le pellizcaron el dedo. Fuimos testigos.

Las Isla Cíes son de las gaviotas, los humanos somos los intrusos. A nadie le gusta que le invadan su territorio y más si es un paraíso atlántico.

viernes, 1 de julio de 2016

Camila

 Fotografía: Anna O

En su lugar favorito en el banco de la plaza con vistas al mar, él saco una fotografía de su bolsillo. Recordó que en ese mismo lugar Camila la había hecho con el sol del atardecer como testigo. Aparecía de perfil, enamorado, con la brisa de fondo como escenario. Sonrío recordando a la niña en bicicleta que detuvo el disparo de la cámara para preguntar si eran novios, Camila dijo que sí, y la niña pedaleando se alejó gritando eres muy bonita para él y la bicicleta escapando también quedó congelada en la fotografía. 

Pensó en la mañana que la vio por primera vez, no hubo mucho tiempo para conocerse porque se miraron y enseguida se quisieron. Camila y su vestido azul para las tardes del sábado en el cual se tumbaban en una hamaca a contarse historias. Ella las comenzaba con seriedad y él las terminaba con finales disparatados y ella se reía. Él le hacía cosquillas y Camila reía aún más y el vestido azul se le revolvía. Cada sábado la quería un poquito más. 

Aún pensaba en el instante que Camila le reveló su ombligo perfecto enmarcado en su breve cintura como tallado a mano por el mejor escultor de la humanidad, allí en ese lugar en el cual comenzaba la calidez de su vientre, donde él se abandonaba y quería quedarse para siempre. 

domingo, 29 de mayo de 2016

La clave del amor

Foto: vía Buzzfeed

Leo con interés que ya es posible saber si has encontrado el verdadero amor de tu vida con rigor científico: un beso lo dice todo. Según los estudiosos de la “química del amor” el beso apasionado tiene la función de intercambiar datos genéticos que avisan si dos personas son compatibles para amarse, ese intercambio se hace a través de la saliva. Siempre he sentido curiosidad de los mecanismos implicados en la atracción física. Somos 7.434.073.618 en el mundo (según las estadísticas a tiempo real mientras escribo esto),  y se nos antoja  exclusivamente uno, con quien a lo mejor ni siquiera hemos intercambiado una palabra, pero ahí está haciendo que nos tiemblen las piernas y nos suden las manos con su mirada sin poder evitarlo. Helen Fisher, antropóloga estadounidense de la cual soy fanática, tiene más de treinta años investigando sobre el amor. Sus teorías son fascinantes a pesar de que su firmeza científica nos apague la poesía a los más románticos.

Bueno, pero volviendo al tema de la saliva, Instant Chemistry es una empresa que se dedica a unir o separar parejas a través de un escupitajo en un tubo de ensayo. Así de sencillo, ¿te gusta alguien, pero no estás seguro? Ponlo a escupir y envía la muestra a la empresa. Analizando la saliva ellos predicen si la relación funcionará. Todo esto me ha revelado un enigma que me torturó en mis años adolescentes en relación a mi primer amor. 

A mi supuesto primer amor le conocí a mis quince años en una fiesta.  Por aquel entonces hacíamos muchas fiestas porque una compañera de clase tenía un pedigrí rumbero indiscutible. Sus padres habían construido un salón de fiestas en su casa,  una minidiscoteca con luces, aire acondicionado y música a todo volumen en el cual enloquecíamos los fines de semana al ritmo de las canciones de moda. 

En esa fiesta estaba… le voy a llamar Mengano. Nunca me había fijado en él, pero bailando decidimos que nos gustábamos. A esa edad jugamos a enamorarnos y querernos, pero no sabemos realmente de que va la cosa. No había internet, por ejemplo, para aprender de saliva y genética. 

martes, 9 de febrero de 2016

Ese oscuro objeto de deseo


No voy a hablar de la película de Buñuel de quien he tomado el título, o de la cazadora de serpiente que usó Nicolas Cage en la película "Wild at heart", o a revelar mi fetiche (creo que ya he escrito sobre este último, ¿no?). 

De lo que voy a hablar es del poder evocador del cine, de escenas que van directamente a los sentimientos. Hoy quiero contar una pequeña anécdota relacionada con esto y con el “objeto de transición”. El objeto de transición es aquel objeto a los cuales lo niños se apegan, puede ser un oso, una manta, una almohada… Lino de Charlie Brown no abandona una frazada polvorienta que lleva a todas partes. Otro ejemplo es Hobbes, el inseparable tigre de Calvin del cómic de Bill Watterson, o el más famoso de todos Woody, el simpático vaquerito de la película Toy Story.

Fue el psicoanalista Winicott quien elaboró una teoría sobre esta característica infantil. Los objetos transicionales cumplen una función emocional durante la etapa de despego de la figura materna, esto explicado en términos populares. La teoría como todo el psicoanálisis es más enrevesada y para entenderla bien hay que sentarse con lupa a leerla. 

Lo cierto es que mis hijos han tenido estos objetos. El mayor se apegó a un pato de colores del cual se antojó en una tienda de chinos y que dejamos abandonado en un taxi que nos llevó al aeropuerto a tomar un vuelo internacional. A los diez minutos del despegue se dio cuenta de la ausencia del pato, la pérdida se convirtió en una auténtica tragedia griega a bordo. Su llanto causó una turbulencia entre los pasajeros más emotivos que no paraban de hacer carantoñas y ofrecimientos para apagar el llanto de mi hijo. Por suerte, durante la travesía el pato pasó al olvido. 

Mi hijo menor tiene un oso panda que de tanto uso ha pasado a ser gris y negro. Aunque ya tiene nueve años a veces lo desempolva para abrazarlo por las noches. Pandi se llama y lo tiene desde los doce meses de edad. Hacía mucho que no se acordaba de él, hasta que vimos “Náufragos” la película protagonizada por Tom Hanks. 

En casa solemos hacer sesiones de cine familiar invernal que incluyen un bol XXL de palomitas, cocacolas ligth sin cafeína, un sofá para todos y una manta por la cual nos peleamos cuando alguien de la familia tiene el atrevimiento de halarla de más para sí dejando a los otros con los pies descubiertos. Yo casi siempre elijo las películas aprovechándome de mi estatus de mamá y de tener hermano cineasta,  todas retro (es decir de mi tiempo) y apta para todos los públicos. Ya estamos grandes para las animaciones de Disney. 

lunes, 18 de enero de 2016

Aroma de mamá



La nostalgia también es una cuestión de paladar y de afectos. Cuando encuentro raramente en un supermercado cilantro me voy a casa con las ramitas bien apretadas en la mano y la sonrisa de quien ha encontrado un tesoro. Un tesoro que sabe a mi mamá. 

Con el primer hervor de la sopa agrego el cilantro y la cocina se impregna de esa especia que inmediatamente me lleva a la sazón de mi madre, al recuerdo de sus sopas nutritivas de las que en mi tierra se dicen que levantan muertos y avispan borrachos.

Cuando vuelvo a la casa de mi infancia sólo quiero sentir la cálidez de sus brazos, el tiempo casi infinito de nuestras conversaciones acompañadas de su café colado, y de todos sus platos condimentados con esas ramitas de cilantro cortadas con el cariño que sólo una madre sabe ofrecer.

En esta latitud en la cual los mimos escasean, cierro los ojos e inspiro el aroma de mi mamá.

lunes, 21 de diciembre de 2015

He vuelto para verte en Navidad

Auggie (Harvey Keitel), le cuenta a su amigo Paul (William Hurt) porque se hizo fotógrafo en esta  historia de Navidad de la película Smoke (1995). Inolvidable.

sábado, 31 de octubre de 2015

Sin título


"Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado".

Fragmento de Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo de G.G Márquez.

sábado, 3 de octubre de 2015

Gotas de Tenerife



Tengo dos días hablando de mi viaje por Tenerife por casualidad, eso me hizo recordar que tengo montones de fotos por editar de la isla, y como hoy hace una apacible mañana de otoño, pongo música (Bob Marley es especial cuando pienso en islas) y me entrego a la solitaria tarea de hacerlo.

Tenerife, ¿quién no se enamora de esta tierra?, dos mil treinta y pico kilómetros cuadrados de una orografía esculpida por un volcán apagado que se alza majestuosamente en medio de la isla, recordándonos el poder de la naturaleza. Playas de arenas volcánicas bañadas por un atlántico tibio en donde los niños juegan y salen como los deshollinadores de Mary Poppins. Gente cálida que vive en “slow time” y siempre tienen tiempo para regalarte una sonrisa. Preguntar por una dirección es ganarse un amigo. Un pueblo que se trajo lo mejor del Caribe y lo fusionó con lo mejor de la península española.

A Tenerife tengo que volver… 



Entre otras cosas, si quieren ver la majestuosidad de una erupción volcánica no se pierdan la galería del fotógrafo chileno Francisco Negroni. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

Duros de matar


En mi ciudad natal había una sala de cine llamada Altamira, quedaba en un bajo de un edificio de 15 plantas desalojadas en donde en un tiempo funcionaban las oficinas del Banco del Comercio, desaparecido a finales de los años 70. Cuando iba a ver alguna película en ese cine mi papá me decía: "mirá que ese cine se va a caer".  Hasta la fecha no sé si eso del derrumbe inminente es una leyenda urbana, porque la última vez que fui a Maracaibo el edificio estaba igual que siempre: en pie. Con la llegada de los Mall y sus multicines "el altamira" como le conocíamos cerró sus puertas para siempre.

Lo cierto es que era el cine de los sustos. Una noche viendo “Duro de matar”, justo en la escena donde un camión se volcaba y había un apocalipsis total con gasolina y explosiones por doquier, se cayó una pequeña parte del cielo raso del cine causando un moderado estruendo y a un espectador bromista se le ocurrió gritar: “el cine se está cayendo”. En ese momento sí que empezó la acción en vivo y en directo. Salimos corriendo, saltando butacas pensando que la profecía popular se cumplía. Una masa de gente asustada quedó amuñuñada en la puerta tratando de escapar de tres pedazos de techo falso que llovieron sobre unas butacas vacías, mientras un Bruce Willis aguerrido envuelto en una nube de pólvora se batía a tiros con una metralleta en su lucha contra el mal, acompañado de los alaridos reales de la audiencia en huida

Quedamos en la calle con las piernas temblorosas, riéndonos nerviosamente, hasta que salió el acomodador linterna en mano para decirnos que se reanudaba la función después de inspeccionar el techo. Entramos de nuevo ya con el corazón apaciguado lamentándonos de las cocacolas y las palomitas abandonadas a su suerte con el pánico del aplastamiento y sintiéndonos inmortales como el protagonista de la película. 

En otra oportunidad, mientras descubríamos el “carpem diem” y cuando se había desatado la lloradera colectiva con “El club de los poetas muertos”, una amenaza de fuego nos secó las lágrimas de golpe y acabó con la función. Se estaba incendiando el mercadito que quedaba en frente del edificio y el vigilante sin considerar nuestra tristeza gritó en medio de la película: “se están quemando los carros”. Salí con desorden olvidando los simulacros de incendio que tanto hacen en el colegio para rescatar de las llamas a mi viejo y fiel chevette. 

Y ya ni les cuento la sensación de ver “Sexto sentido”, (una de las películas más aterradoras que he visto) en ese cine en el cual uno sentía que en cualquier momento podía pasar al mismo lado del Dr. Malcom, el psicólogo que encarnaba esta vez Willis en el film, pero las ganas de ver una película un sábado junto a los amigos podía más que las advertencias nunca certificadas de los bomberos y la de los padres preocupados. 

¿Y por qué me ha dado por contar esta anécdota? pues, porque en un cine de Madrid han pasado un susto similar, según leí en el periódico. Sucesos que refrescan mi memoria.


viernes, 4 de septiembre de 2015

Los Gigantes

Acantilados de los Gigantes. Tenerife.

"El camino no era muy largo. Le propuse a mi abuela que fuéramos en coche, pero ella prefería andar. Fuimos bordeando los acantilados. Un instante, como paralizados por lo que se ofrecía a nuestros ojos, no pudimos menos que detenernos. Allí la tierra se precipitaba hacia el mar de manera inquietante. Ese decorado de fin del mundo inspiraba numerosos suicidios. Se me hacía extraño que alguien pudiera querer morir frente al mar, ante el espectáculo grandilocuente de la belleza terrestre.
Ese paisaje era una condena a mantenerse con vida. Permanecimos así largo rato sin hablar, conmovidos por la inmensidad".

Fragmento de la novela "Los Recuerdos" de David Foenkinos.

lunes, 24 de agosto de 2015

miércoles, 19 de agosto de 2015

Otros paisajes posibles


Desde el coche con el cristal sucio les presento El Parque Nacional del Teide. Tenerife.

viernes, 17 de julio de 2015

Atrás, la ciudad


A la salida Leo me dice “no hay problema”, que él me lleva a casa. Eso me pone muy nerviosa, pero acepto. Me sujeto a su cintura, me toma de la mano indicándome donde debo colocarla con más fuerza. Le abrazo por detrás discretamente, mis manos sudan. Me muestra también donde tengo que apoyar mis pies, no es como la tierra firme, temo perder en el trayecto una sandalia. Es mi primera vez. 

Avanzamos, hace calor. El viento caliente me desordena el pelo, con una mano trato de domarlo, es imposible, lo dejo. En la autopista con la velocidad el horizonte alrededor es una línea verde. Giramos a la izquierda para adentrarnos en la ciudad. Es la hora punta, sorteamos una fila de coches que parece perderse en el infinito, no es correcto, pero Leo es así, impaciente. Nos detenemos en un semáforo, pienso en ese instante detenido, yo abrazada a él sólo por las circunstancias. A un lado en un coche una familia escucha música de niños, el conductor canta animado tratando de calmar a un bebé que llora desconsoladamente en el asiento trasero. Al otro lado, una camioneta de reparto, el copiloto me guiña el ojo, me bajo con incomodidad un poco más la falda tratando de tapar mis rodillas. Seguimos.

Transitamos frente a la escuela de música. Están los muchachos afuera con los instrumentos en la funda, uno de ellos toca a solas el clarinete bajo un árbol. Nos alejamos dejando a la melodía desaparecer. Recorremos el centro de la ciudad, el tráfico se desordena aún más, un policía pita y suda a borbotones tratando de acomodarlo con poco resultado, a un lado el lago en calma desprende un olor prestado a mar, al otro una ciudad indomable, rebelde, que sus habitantes aman sin saber por qué, como cuando amas a alguien complejo, enrevesado, difícil de dejar. Nos interrumpe el paso un destartalado autobús atestado de gente, por la ventana sale un reggaeton atormentador que grita el altavoz a todo volumen, en la puerta un muchacho alegre va colgado haciendo la percusión contra la carrocería. Nos indica con la mano que el autobús se va a detener y baja una mujer joven con una niña en brazos, dormida sobre una pequeña toalla que lleva apoyada sobre el hombro. 

Adelantamos el vehículo y pasamos frente a una iglesia pintada de azul intenso como en un cuento de hadas con un final feliz, me gusta, siempre me ha gustado el color azul, en ese momento pienso que tengo mucha ropa de ese color, debería variar, comprar quizás roja. Observo que la pared lateral la tiene desnuda, dejando ver la piedra original de caña y barro atestiguando el paso del tiempo. 

Doblamos a la derecha y desembocamos en el parque de mi infancia, me veo a mí misma de niña, corriendo junto a mi hermano con un helado en mis manos para ver las fuentes que cambian de color, azul, verde, ahora amarillo, se intercalan, cambian de intensidad, suben y bajan, saltamos de alegría, siento pequeñas gotitas de agua en el rostro, mis padres nos vigilan sentados en un banco. Ya nada es igual, ahora es un viejo parque deteriorado con un exagerado cartel de rehabilitación con propaganda de gobierno. Tiene años así. 

martes, 14 de julio de 2015

Lo que la memoria idealiza








Una tarde en la biblioteca por mucho que intentara concentrarme en la lectura, no pude resistirme a la mala educación de escuchar una conversación ajena que tenían un puñado de abuelos en la mesa contigua. Un señor bastante viejo contaba unas historias dignas de un Indiana Jones gallego ante el asombro y la perplejidad de los oyentes.

Contaba sus aventuras en la selva a bordo de una lancha que lo transportaba a la construcción de una represa, acompañado de obreros borrachos que por más que la lancha se zarandeara no caían al río.

Graficó con sus manos el tamaño de los mosquitos de ese lugar y aseguró haber visto con sus propios ojos como las pirañas engullían en cuestión de segundos a una vaca. Habló de los sembradíos inmensos y de la pena que sentía al ver como como los desbarataban con la construcción de carreteras. Supe que sus aventuras transcurrían en Venezuela cuando nombró el río infectado de peces carnívoros, el Orinoco.

Me hizo recordar las historias que me contaba mi padre de las travesías que lo llevaban junto a hombres de otras nacionalidades a las plataformas petroleras, a través de un lago enfurecido que hacía llorar a los hombres de nostalgia y miedo con el bamboleo violento de las mareas, en medio de la oscuridad de la madrugada. Allí aprendió a saludar en idiomas tan dispares como el goajiro, el italiano o el alemán.

lunes, 13 de julio de 2015

Hobbycon



Mientras en San Diego se celebra la Comic-con International, aquí cerquita en Coruña estaba la Hobbycon. Habíamos ido en la edición anterior y este año volvimos. Mi hijo menor siempre se disfraza para la ocasión, perdón va de Cosplay y se convierte en una celebridad, muchos cosplayers se me acercan para preguntarme ¿puedo hacerle una foto a su hijo? él feliz posa con su cara de cómic de carne y hueso.

Todo lo que hay en este encuentro a mí me suena a chino, bueno, literalmente a japonés, al menos que me pase por al lado Pacman, Candy o Koji Kabuto a quienes sí reconozco y puedo hablar sobre ellos con propiedad porque formaron parte mi infancia, pero, como de todo se aprende en este supermercado de Dios como diría Quino, observo el desfile a mi alrededor de Cosplayers (esta palabra la aprendí allí, ¿ven?) y comienzo el interrogatorio a mis hijos:

¿Y quién es ese del traje naranja? Es Goku, ¿y ese rubio de pelos en punta? Naruto Shippuden, ¿y el que va allá con el trapo rojo en la cabeza? Es Mark Evans de la serie Inazuma Eleven, ¿y esa chica tan guapa de pelo largo verde y faldita mini? Es Hatsune Miku, y yo a pesar de mi interés sigo igual, así que lo dejo porque soy incapaz de memorizar los nombres de los personajes de las novelas de Haruki Murakami, a pesar de meterse en los recovecos de mi alma y gustarme mucho el escritor nipón.

Allí se pueden hacer muchas cosas y sentirse en un Anime como por ejemplo, probar las tortitas que come ese gato inquietante sin orejas que es Doraimon: dorayakis rellenos con nutela.


viernes, 10 de julio de 2015

Barbas



A mí la barba en los chicos me gusta, eso sí con una cortita y bien podada, no una maraña en donde cueste localizar la boca.  Según la antropología,  la barba en nuestro pasado homínido era un símbolo de virilidad que atraía a las hembras, los peludos eran dueños de más testosterona y por ello tenían  éxito en la tierra, que no era otro que dejar una descendencia con genes saludables y garantizar la continuidad de la especie. La interacción con la cultura ha moldeado nuestra conducta biológica, pero es casi imposible que no se nos escapen comportamientos heredados de nuestros ancestros. Mi atracción por las barbas debe ser uno de ellos.

La barba ha sido asociada a la sabiduría, a los revolucionarios y en estos tiempos a los hipster, vale decir que también se asocia a los rufianes. Los actores de Hollywood la han puesto de moda después de una larga sequía metrosexual.  Lo cierto es que yo siempre le insisto a mi marido que se la deje, pero a él no suele gustarle para ir a trabajar porque le resta seriedad, aunque yo le digo que como él hace ciencia sus compañeros pensarán que algo grande se trae entre manos, la obsesión con los resultados de un experimento en curso no le deja tiempo para afeitarse, pero no le parece un argumento válido y sólo se la deja en vacaciones para complacer a la Neardental que llevo dentro. 

Por eso me ha encantado el trabajo de fotografía Fifty Fifty Selfie Barber Shop de este publicista brasileño.

sábado, 27 de junio de 2015

Gabo y yo


"Una mañana, mientras cortaba rosas de su jardín; Florentino Ariza no pudo resistir la tentación de llevarle una en la próxima visita. Fue un problema difícil en el lenguaje de las flores por tratarse de una viuda reciente. Una rosa roja, símbolo de la pasión en llamas, podía ser ofensiva para su luto. Las rosas amarillas, que en otro lenguaje eran las flores de la buena suerte, eran expresión de celos en el vocabulario común. Alguna vez le habían hablado de las rosas negras de Turquía, que tal vez fueran las más indicadas, pero no había podido conseguirlas para aclimatarlas en su patio.
Después de mucho pensarlo se arriesgó con una rosa blanca, que le gustaban menos que las otras, por insípidas y mudas: no decían nada. A última hora, por si Fermina Daza tenía la malicia de darle sentido, le quitó las espinas."
G. García Márquez. El amor en los tiempos del cólera.


"El amor en los tiempos del cólera" es uno de mis libros de cabecera. Lo releo al derecho y al revés, suspiro en cada página, me paseo en sus palabras, los subrayo una y otra vez. Me inspira. La belleza de su prosa hace distraerme de malos pensamientos cuando estoy triste y desmotivada. Vivo cada uno de sus personajes, tanto que me niego a ver la adaptación cinematográfica por miedo a despedazar mi imaginación. Además ¿quién ha dicho que Javier Bardem se parece a Florentino Ariza? un error imperdonable en mi opinión.
Yo me enamoré de la literatura de García Márquez a mis quince años cuando me asignaron a leer en el instituto "Cien años de soledad", me gustó tanto que desde entonces puedo recitar de memoria sus primeros párrafos. Mis compañeros interesados en cosas de adolescentes se asombraban de que yo pasara horas leyendo una novela tan larga y tan difícil. Para el examen me pedían que les contara la trama y así ahorrarse lo que para ellos era una engorrosa lectura.  Yo iba encanta al salir del turno de las tarde a narrar.

Nos reuníamos en el patio del colegio bajo un árbol frondoso, ellos me escuchaban atentamente apuntando en la libreta cada Aureliano, cada José Arcadio Buendía para no perderse en el mar genealógico de la novela. En esa evaluación saqué la máxima nota y lo recuerdo porque mis compañeros vinieron corriendo con la noticia,  me aplaudieron en medio del recreo haciéndome sonrojar, morir de felicidad y alejarme de las matemáticas para siempre. Juancho, un cura jesuíta vasco y progre, mi profesor de literatura del cual decían los muchachos del colegio que yo era su consentida, y al cual me enviaban cada vez que no estudiaban a rogar aplazamientos de evaluaciones y entrega de trabajos con éxito, me felicitó no sólo por la nota, sino también por mi interés de haber leído "El olor de la guayaba" para preparar el examen.

Con la muerte del escritor hace dos años, me propuse releer toda su obra y leer todo aquello que me faltaba. Con la madurez descubrí que "El amor en los tiempos del cólera" es un ensayo fantástico sobre el matrimonio, el amor, la vida en pareja, pero sobretodo de la esperanza. "Memorias de mi putas tristes", no va de un viejo como lo interpreté la primera vez que lo leí, en cambio es una reflexión sobre la transición del cuerpo y el alma a la vejez. En "Cien años de Soledad" redescubrí a Mauricio Babilonia, uno de los breves personajes más bellos creados de la mano de un escritor. Me sorprendí mucho cuando en "Vivir para contarla" leí que los diecisiete Aurelianos de la cruz de ceniza en la frente realmente existieron con todo y su desparpajo caribeño.   

Con sus cuentos cortos me sumerjo en la complejidad de la vida latinoamericana, en recordar la cantidad de veces que viví situaciones "marquianas", de esas que hacen sentirte parte de una ficción y explican nuestro carácter barroco y mi gusto por las historias bizarras. Podría pasar horas hablando sobre cada cuento, de mi pasión por su prosa porque lo mío con  el Gabo fue como la mirada casual de Fermina Daza y Florentino Ariza “el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después no había terminado".