+ relatos

"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla." 
Gabriel García Márquez.

"Escribir se nos da mejor cuando no lo trabajamos tanto, cuando simplemente nos damos permiso para pasearnos por la página. Para mí, escribir debe ser como un buen pijama: cómodo"
Julia Cameron.

"El emigrante es un catador de memorias"
Walter Riso. 


El día que mi padre jugó con el diablo



Mi tío Tomás era el más divertido de la familia. Los fines de semana le esperábamos en la casa de mi abuelo en aquel pueblo polvoriento y abrasado por un calor casi infernal que es Rosario. Aguardábamos su entrada triunfal y sus cuentos terroríficos para las noches sin luna en el patio de la vieja casa. 

Allí nos reuníamos dieciséis primitos a escuchar los historias de espíritus que volvían del más allá sin ninguna otra razón que aterrorizar a los humanos. Cuentos que nos espantaban el sueño y nos alborotaban la tranquilidad. Las historias transcurrían entre nuestro más absoluto silencio y la mirada alerta ante cualquier sombra que la imaginación transformara en un fantasma. 

Inolvidable, la historia de la monja que en sus breves apariciones en el pasillo de la casa dejaba un olor a incienso de rosas, o la de la mujer que respondió con ojos de fuego a las propuestas indecentes de dos borrachos en medio de la calle. 

Mis padres me reñían por escuchar las historias, no porque me causaran un trauma, sino más bien por la incomodidad que mi miedo causaba en su descanso matrimonial. Una noche a mi padre le dio curiosidad y se unió a nuestra velada. En esa sesión me sentí segura al lado de él, los espíritus nunca asustarían a la gente buena y noble como mi papá. 

Tomás abrió el terror con la historia del fantasma que habló con mi tía Nely, un episodio en la familia que la catapultó a la fama de valiente y a la admiración de todos sus sobrinos y que condenó para siempre la habitación donde había sucedido tal conversación. 

Siguió con el cuento del hombre flotante sin pies, pero que sin embargo había dejado una huella en el suelo de la habitación de la abuela, esa noche observamos pálidos del susto un pie de adulto, una marca evidente del más allá,  la prueba indiscutible de mi asustadiza infancia. Sentada al lado de mi padre podía sentir seguridad a pesar de su entusiasmo con los cuentos, pero, de pronto esa seguridad se esfumó, porque él con la seriedad y la experiencia que dan los años nos contó el día en que jugó con el diablo, sí con el mismísimo Lucifer. 

Fue una noche oscura en Santa Bárbara del Zulia, allá por el año cuarenta y tres del siglo pasado cuando no había más que la luz de la luna para alumbrarse. Él y un puñado de amiguitos se dispusieron a jugar al escondite bajo la oscuridad. Al momento de comenzar la partida llegó un niño desconocido a unirse a la pandilla. El nuevo integrante tenía una excepcional habilidad para "quedársela", nunca perdía, era intrépido y libertaba a todos con una gran capacidad. Algo fuera de serie, un superdotado del escondite. 

Con la inconformidad que da en varias rondas de juegos tener siempre el mismo ganador, los niños se dispusieron a averiguar el secreto del desconocido campeón. Se descubrió en el momento que mi papá le ganó la partida, fue entonces cuando, ante la discusión de culparlo de cometer picardía pudieron observarlo detenidamente. Fueron sus pies que lo delataron, no tenía, en vez de ellos poseía dos grandes patas de pollo negruzcas, ligeras que le otorgaban tal velocidad. ¡Es el diablo, es el diablo! –gritó mi papá , rápidamente puso sus chanclas en cruz para alejar al pequeño demonio, el cual escapó velozmente con un aullido maligno entre la penumbra. Nunca más volvieron ver a aquella criatura y según él aprendieron la lección de no jugar más al escondite en las noches oscuras y de la eficacia que tiene un crucifijo así sea improvisado. 

La ronda terminó con los pelos de mi papá en punta, el asombro de mis primos pensando que el tío Vinicio, el mismo que hacía malabares con las naranjas antes de preparar el zumo había tenido un juego diabólico. Yo acabé con el corazón acelerado y totalmente confundida, ahora ya no tenía quien me protegiese de los espíritus, cuál sería mi refugio, si el más allá no respetaba ni el bien ni el mal. Me sentí perdida en nuestro mundo de vivos acechado por los muertos. 

Esa noche con más miedo que nunca me fui a dormir de nuevo en su cama, está vez más al ladito de mi mamá pensando que en cualquier momento el diablo vendría a pedirle la revancha. Yo estaría presente, escuchando el chasquido de sus uñas acercándose, ya adulto en pantalones largos, desafiante, despertando a mi padre de un pinchazo en la barriga con su tridente. Saliendo a la noche oscura a contar, a un juego quizás sin final. 

En la mañana me desperté en otra habitación con los buenos días de un papá sonriente y tranquilo invitándome a desayunar. Allí en la mesa estaba la familia entera desayunando con el café recién colado, quejándose del calor que inauguraba el día y del montón de platos que habría que lavar tan temprano.

 El último recuerdo que tengo de ese día es el de mi papá preparando una gallina al atardecer para el caldo de la cena. Le torció el pescuezo hasta que dejó de cacarear, la metió en agua hirviendo y la desplumó habilidosamente, la tumbó desnuda sobre la mesa y de un cuchillazo en seco, le cortó las patas que fueron a parar directamente a la basura. En ese momento recuperé la seguridad y el sosiego que había perdido y me tomé en la cena el mejor caldo de gallina de mi vida, aún puedo saborear en mi memoria el sabor de la victoria.
Santiago, 2014 


Papalino 
A mi abuelo, in memoriam.

Mi abuelo era un hombre bajito, buenmozo de ojos azules, impecablemente limpio y perfumado, usaba piyamas largas de color celeste. Comía en plato aparte con cubertería y vaso de plata, hacía la siesta en hamaca en la cual sólo era permitido mecerse a las nietas recién bañadas. Le llamábamos Papalino, era descendiente de canarios   un terrateniente que conquistó su tierra y sus vacas lecheras montado en una mula desde su más tierna juventud.

Somos catorce nietos y dos nietas que los sábados y domingos obligatoriamente nos íbamos a Rosario, (pueblo al cual le debo mi tercer nombre de pila) a visitar a la familia.

 Mi abuelo nos paseaba por turnos despacito a 30 km/h alrededor del pueblo en su Ford Impala. El paseo terminaba con un helado en el cine que regentaba un argentino y en donde vi en función matinée las peores películas de mi vida.

Una vez y en secreto, un secreto que guardamos mi prima y yo hasta después de su muerte, Papalino nos llevó a casa de su amante. Fue la única vez que vi aquella mujer que causó tantos fines de semanas dignos de un culebrón criollo, llenos de discusiones con portazos y lloriqueos en la familia que terminaron por enfermarle el corazón. A mis siete años no comprendía como aquella mujer morena de pelo larguísimo y ondulado que se columpiaba en una mecedora mirando a mi abuelo, mientras mi prima y yo comíamos un plato de friticas con queso y un café con leche que nos había preparado con esmero y hasta con cariño, podía causar tanta discordia.

Comimos en silencio balanceando las piernitas entre las patas del taburete lo que nos parecía la merienda maldita, la sentencia que nos condenaría al infierno, las friticas de la traición familiar.

Uno de los días más felices del año de mi infancia junto a Papalino era el treinta y uno de diciembre, en el cual hacía construir un "año viejo", un muñeco hecho con armazón de palos, relleno de periódicos y vestido con ropas viejas repleto de petardos que sentábamos en el frente de la casa hasta las doce de la noche, hora en la cual era quemado con sendas explosiones después de darnos el abrazo de feliz año, y escondernos en la cocina para resguardarnos de los doce disparos al aire que hacía el vecino libanés conocido por todos como "el turco" celebrando la llegada del año nuevo, y el cual nunca fue denunciado por temor a tener un vecino resentido con pistola. Por suerte su temeridad no dejó nunca ningún herido o muerto en el pueblo.

Papalino nos llevaba a su finca en el cajón de una camioneta pick up. Cosa impensable en estos tiempos. Dieciséis muchachitos de tres a doce años sin cinturones, al aire libre y retozando peligrosamente. Al llegar a la finca, mientras el abuelo hacía las cuentas, los varones libraban una batalla campal en la cual las balas eran mierda de vaca, se subían a los árboles a coger ciruelas, cotuperís y tamarindos y se dedicaban también a amedrentar a los becerritos para disgusto de Papalino.

Ante la insistencia e imposibilidad de prohibir los baños de los nietos debajo de una tubería de riego agrícola donde el agua salía con tanta fuerza y grosor que nos bajaba los shores y nos clavaba en el barro; y los improvisados baños en los tanques donde las vacas tomaban agua, Papalino hizo construir un pilón en forma de ocho para la alegría de todos.

Un domingo que aún el cemento no estaba del todo seco, la familia entera fue a la finca a disfrutar de un sancocho. Insistimos tanto en darnos un chapuzón y ante la impertinencia de tantos carajitos necios, el abuelo mandó a llenar el pilón diciendo “llenen esa vaina y que sea lo que dios quiera”, con la despreocupación de quien tiene unas cuantas cervecitas encima.

Ese domingo nos divertimos un montón, hasta que uno de mis primos abrió el inmenso grifo y el pilón no pudo más con tantos muchachitos chapoteando y explotó. Se reventó repartiendo primitos en todas las direcciones ante los intentos apresurados de los padres por atajarlos en viaje. Por suerte a mí me estaban secando encima de una mesa cuando sucedió el reventón. La cosa no pasó más de ser un susto y de unas cuantas rodillas con raspones.

Meses después hubo un intento de arreglar el pilón, le levantaron media pared, pero nunca fue terminado, nos calmaron la inquietud de los baños con la promesa de una flamante piscina que nunca fue construida. Creo que para entonces había que preocuparse más por la paralela historia de amor de Papalino que se prolongó hasta el día de su muerte.

A mi abuelo le llegó la muerte repentinamente una noche a los sesenta y tres años. Recuerdo muy bien este episodio familiar porque fue el primer muerto de la familia. Los nietos estuvimos abandonados durante el funeral porque los grandes no tenían tiempo para otra cosa que no fuera llorar. Fue el primer cadáver que vi en directo, acostado en el ataúd aún con la piel lozana y como durmiendo, con las manos entrecruzadas sobre el abdomen con una pequeña manchita negra que despertó la curiosidad entre los nietos, y que muchos años después descubrimos que era un simple moratón. Su entierro fue popular, lo acompañó mucha gente bajo un sol inclemente que sin embargo no pudo menguar la tristeza de la familia. 

Algún tiempo después aún con la muerte fresca hubo un acontecimiento que haría una pequeña pausa en el desconsuelo familiar. Recibiríamos en casa de mi abuelo el pésame en persona de un ex presidente que luego repetiría la jefatura del país, y según decían mis tíos había favorecido a Papalino con la reforma agraria nacional en su primer gobierno. Aprovechó su estadía en el pueblo en medio de su campaña política para ganar votantes entre los ganaderos, una fuerza económica importante en la zona.

 En una semana no se habló de otra cosa que no fuera la importante visita. Nos advirtieron con los ojos grandotes y señalándonos con el dedo cerca de la cara cual debía ser nuestro comportamiento cuando llegara el presidente. Recuerdo con exactitud y como si fuera una película su entrada festiva en la casa acompañado de un bojote de guardaespaldas y simpatizantes, entre la algarabía de medio pueblo en el frente de la casa. Nos vistieron con nuestras mejores galas y nos pusieron en fila, y tal fue el efecto de la advertencia de los mayores que parecíamos muchachitos de piedra. Fue una visita rápida que sólo dio tiempo para un apretón de manos, unas breves palabras de consuelo,  unas cuantas fotos, los votos en las elecciones de toda la familia y la fidelidad a su partido político para siempre. Lo acompañamos hasta la puerta y lo vimos perderse levantando los brazos eufóricamente entre la multitud.

Después de este breve episodio y cuando todo volvió a la normalidad, con su muerte la vida familiar no volvió a ser la misma. En mi memoria persiste el recuerdo de verlo caminar por el pasillo, recién llegado de la finca con el olor de bosta de vaca de sus botas, su camisa a cuadros, su sombrero de pajilla con la cinta negra, sus ojos color del cielo, su carácter rancio y su extraño placer de pellizcarnos con los dedos de los pies cuando nos deteníamos  junto a su hamaca después de su siesta dominical.


Santiago, 2013

Poema de amor mientras tanto



Adonis, el bello

Adonis se despertó bien temprano en la mañana, se miró en el espejo y se vio lo bien que le quedaba el pelo desordenado, se afeitó la barba que ya había empezado a cubrir la belleza de sus maxilares y se apretó una pequeña espinilla, una cosa sin mucha importancia que había nacido en su suave mejilla. 

Se vistió con una camiseta blanca, unos jeans y se calzó unas zapatillas negras de marca. Salió en su coche y la luz tibia de la mañana le iluminaba el rostro resaltando el color de sus ojos. No había mujer que en cada semáforo en rojo no suspirase por Adonis. En la radio sonaba Californication de los Red Hot Chili Pepers, esbozó una media sonrisa recordando su breve pero intensa visita a la costa oeste de los Estados Unidos, donde su hermosura bronceada había causado revuelo en las playas californianas. 

Adonis era el galán de turno, el protagonista de la telenovela de las nueve. Encarnaba a un trompetista humilde que enamoraba a una chica de la alta sociedad. Cuando llegaba al set filmación en el estudio de televisión, las maquilladoras se peleaban por embellecerlo, probaban las últimas novedades en técnicas de maquillaje para resaltar la perfección de sus cejas, la sensualidad de sus labios carnosos, su perfil griego. 

Mantenía una secreta relación amorosa con Afrodita una ex-actriz que le doblaba la edad, pero que aún conservaba rastros de belleza gracias al botox. Era conocida como la "diosa del amor" por su encendido erotismo en la cama. De cara al público se encontraba Perséfone, su novia desde el instituto, una muchacha dulce y alegre, vegetariana, practicante de yoga y devoradora de libros de autoayuda que lo amaba incondicionalmente. 

Así transcurría la vida de Adonis entre el set de filmación, las sesiones fotográficas, sus historias de amor paralelas, las estéticas, el gimnasio y las fiestas . Era tan bello que no le hacía falta cultivar su intelecto, lo demostró el día que declaró de todo corazón que adoraba la música de Shakespeare en un programa de entrevistas y lo arregló con una espléndida sonrisa a la cual no pudo resistirse la presentadora, perdonándole tan grave error. 

Lo que nunca se imaginó Adonis es que el tiempo causaba estragos en la belleza, lo descubrió la mañana que al despertarse observó varios pelos en la almohada. Se llevó la mano a la cabeza y pudo ver como se desprendían con facilidad, la calvicie había llegado con la madurez sin avisarle. En ese momento empezó su calvario y su lucha contra el paso de la edad. Era una víctima de las pociones mágicas que ofrecían los laboratorios de cosmética para alcanzar la eterna juventud, algas marinas para las arrugas, vitamina E para el contorno de los ojos, ácido retinoico para la flacidez del cuello, hasta que tomó la firme decisión de pasar por el quirófano para hacerse unos cuantos arreglitos.

 De allí salió rejuvenecido pero sin expresión, su frente estaba tan lisa como un encerado de colegio, lo cual le ocasionó el rechazo de los directores de casting al ver que el galán había perdido la expresividad del rostro, algo fundamental en la profesión de actor. 

Ya no era más el hombre admirado por su belleza, era una sombra artificiosamente reconstruida de lo que en un tiempo fue, la negación personificada de la naturaleza humana. Decidió entonces empezar a cultivar su espíritu y siguiendo el ejemplo de muchas estrellas televisivas se dispuso a escribir su biografía, pero se dio cuenta que toda su vida estaba publicada en la revistas del corazón y que no tenía nada interesante que contar, salvo el día que Perséfone perdió su paz hippie y le amenazó de cortarle el cuello con unas tijeras de jardinería mientras arreglaba su jardín Zen, a consecuencia de unas fotos publicadas en una revista, donde se le veía cenando junto a Afrodita con poses cariñosas en un restaurante lujoso en las afueras de la ciudad. 

Comenzaba a sentirse deprimido y pensó que era una buena idea retirarse a su casa de campo, el viento puro del lugar le ayudaría a poner las ideas en orden. Cogió el coche y salió de la ciudad, el día estaba lluvioso y a pesar de ello bajó un poco la ventanilla, sintió unas gotas de lluvia en el brazo que le hizo sentir que estaba vivo, pero al despertar de esa corta sensación, vio un jabalí que se había atravesado imprudentemente en la carretera, tiró un volantazo esquivando al animal que hizo dar tres vueltas al coche saliéndose de la vía. 

Adonis murió de camino a buscar su belleza interior, quizás demasiado tarde. La prensa le dedicó unas cuartillas a su muerte siempre resaltando la belleza que lo acompañó. Afrodita lo lloró a escondidas. Perséfone se quedó en un estado de tristeza permanente. La gente lo recordaría bello eternamente. 

Comenzaba el invierno. 

Santiago 2013, trayéndome a un mito griego a la modernidad para la clase de escritura creativa.


La sospecha



Regalo de cumpleaños para Maracaibo


Cuando era pequeña después de salir del colegio del turno de la tarde, en algunas ocasiones acompañábamos a mi mamá a un vivero en el barrio El Manzanillo a comprar matas. El vivero quedaba en la ribera del Lago de Maracaibo y era un oasis verde de plantas ornamentales y palmeras mecidas por la brisa marina.

Mientras ella compraba sus plantas, mi hermano mayor (aún no había nacido el menor) y yo nos acercábamos a la orilla del lago y con el uniforme escolar puesto nos dejábamos mojar los zapatos con las olas que llegaban. Mirábamos su inmensidad que por aquel entonces aún reflejaban el azul clarito del cielo. No podíamos entender con lógica adulta la prohibición de bañarnos en aquellas aguas cálidas y apetecibles, hasta que veíamos como las olas traían peces muertos a la orilla.

En el verano cuando voy a ciudades que tienen mar, me resucita el espíritu caribeño dormido tras el largo invierno porque vengo de una que tiene una entrada de Mar Caribe. Cada vez que vuelvo a Maracaibo sé que estoy llegando porque el lago me avisa desde el avión. Maracaibo está entrañablemente ligada a él, pero estamos en deuda con sus aguas.

Hoy que Maracaibo está de aniversario cumpliendo 485 años de fundada, yo le regalaría la limpieza de su lago, una política ambiental sincera y comprometida que realmente le devolviera sus aguas cristalinas, un lago que volviera a reflejar contento el naranja de los atardeceres. Uno que nos hiciera sentir orgullosos de un lago dulce que le da la mano a la ciudad, y no de uno verde contaminado y moribundo ante la indiferencia de todos.

Me gustaría ver a un montón de maracuchos refrescándose y gozando en sus playas en los domingos en los cuales el sol y el aburrimiento aprietan. Ese día celebraría el mejor cumpleaños de la ciudad.


A Maracaibo por su cumpleaños. Santiago 2014


El Baile

"Bailo pésimo Octavia
-quiero bailar contigo pésimo Martín
la miraba mientras empezaban a bailar pésimo, mientras"
El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Alfredo Brye Echenique. 


Ella llegaba  a las fiestas con la sola intención de bailar toda la noche, lento, acompasado, rápido…Le gustaba la caballerosidad a la vieja usanza como en los relatos que le contaba su abuela, de quien se acercaba para pedirle extendiendo la mano la próxima pieza musical, que ella aceptaba encantada.

Esperaba sentada silente en una de las mesas vestida para la ocasión, hasta que llegara el primer valiente. El primer valiente era un bailarín experimentado, lo sintió en la naturalidad con la cual le cogió la mano. Movía los pies con gran destreza, ella se entregó a la sabiduría de su baile y se dejó llevar como una pluma al viento. Atravesaron el salón de punta a punta siempre acompasados de la buena salsa que gritaba el altavoz. El valiente agradeció las piezas concedidas, ella volvió a la mesa y él se fue en busca de otra muchacha para demostrar el talento de sus movimientos.

Después de descansar, vendría un siguiente turno. Esta vez  un muchacho gordo la invitaba a la pista. Le colocó la mano en la cintura con firmeza y le abrazó la mano con su gruesa mano, había calidez en su piel. Era bueno para el baile, su peso no le impedía moverse de la cintura para abajo con maestría, daba la sensación de que aquella gran barriga levitaba sobre unas piernas gruesas nacidas para el ritmo. 

Terminó ese set, y salió a la terraza a secarse el sudor causado por el bailoteo, se recogió el pelo dejándose ver una nuca perfecta mojada por la faena musical. A su lado estaba su próxima pareja de baile, casi el doble de su estatura. Había salido también a airearse la camisa blanca, casi transparente empapada como por una catarata de transpiración. Él se fijó en ella, ella apenas lo miró.

Al entrar al salón nuevamente y antes de que ella se sentará, él le extendió la mano, la miró sonriente y le propuso bailar. Ella se entregó a él desde que sintió la determinación de su mano. Apenas le llegaba en tamaño por el torso a pesar de sus zapatos de diez centímetros de tacón. El baile avanzaba, ella estaba a gusto, él sentía su suave cintura debajo del vestido de seda, él hizo una leve presión hacia su cuerpo, ella se dejó llevar aproximándose, él deslizó cuidadosamente su mano un poco más abajo de la cintura, la acomodó otra vez, ella se quedó para siempre con esa disimulada caricia. Levantó la cabeza y se alcanzaron las miradas detenidas por segundos. La música se tornó lenta con un merengue de letra melosa, lo que dio la ocasión para sentir la respiración acelerada de él, el olor de su perfume, las ganas de aproximarse un poquito más, un poquito más que él se atrevió y ella se abandonó ante la cercanía.  Renunció a la siguiente canción, se sintió extrañamente desamparada cuando se soltaron. 

Ella volvió a la mesa. Él en una mesa lejana acompañado de sus amigos, la observaba por momentos fugaces entre la conversación y los tragos de whiskys.

Ella sentía la mirada clavada en sus entrañas, la intensidad a lo lejos de como cuando estuvieron tan cerca. Decidió a entregarse a las miradas tácitas.

Ella se levantó y se dirigió al baño, frente al espejo se acomodó el pelo, se retocó el brillo de sus labios, siempre llevaba maquillaje discreto, se arregló el talle del vestido, se descalzó por un momento dejando libres sus pies prisioneros de los zapatos que escondían el complejo de su baja estatura.

Al regresar a la mesa, lo vio venir, cuando más se acercaba más sentía el susto de la atracción, el corazón desbocado casi se le veía a través de su modesto escote.  Él se inclinó a ella, le tomó su cara entre las manos, le dio un beso en los labios con todo el atrevimiento que cabe en este mundo y selló el momento para siempre. Ella lo miró alejarse por el pasillo sin más.

Ella no volvió a verlo nunca más. Después de veinte años y cuando a veces baila, recuerda este episodio suelto, inconcluso y reconstruye la historia al son de la música de turno.




Nuestro amigo Tortica

Nuestro Tortica fue un amigo especial. Le llamábamos Tortica por una historia graciosa pero muy larga de contar, eso sí, Tortica cariñosamente y a él le gustaba. 

Tortica era un gordito guapísimo, tenía un pelo que se prestaba para cualquier peinado: corto pincho, chanel, largo con coleta, tipo totuma etc. Su rostro se parecía a aquel galán de telenovelas venezolanas del cual no recuerdo su nombre, pero que una vez caracterizó a un personaje llamado “Macuto”. Y una vez vimos le vimos el culo a Macuto. Fue un día caluroso en el Paseo del Lago. La pandilla entera de amigos inventó un domingo de esos que uno se aburre en grupo ir al Paseo del Lago a jugar voleibol. Los muchachos como buenos adolescentes tardíos, cuando Tortica iba caminando desprevenido, le bajaron los shores con todo y ropa interior dejando sus nalgas al aire que animaron a un grupo apagado por el calor. Y es que no he conocido a nadie con mejor talante para las bromas que nuestro amigo Tortica. 

Sentía pasión por los motores. A él le gustaba pasearnos en diferentes carros: el súper automóvil último modelo de su tío adinerado en el cual nos dio una vuelta hasta el Puente Rafael Urdaneta a gran velocidad para susto de todos, mientras nos explicaba la aerodinámica del carro y las pruebas que hacían antes de sacarlo al mercado, razón por la cual no sentíamos la rapidez (pero si el peligro), el Ford Cougar de su padrastro bendecido con estampitas de José Gregorio y por último en su flamante camioneta: una Ford ranchera que apodamos la “muñeca” en la cual cabíamos todos, absolutamente todos en los viajes a la playa.
Tortica era único, su visión de la vida era simple pero acertada. Fue un excelente amigo, muchas veces me prestó su hombro para llorar amores juveniles no correspondidos, le encantaba darme buenos consejos mientras se fumaba un cigarrito en el porche de mi casa, en las noches frescas de Maracaibo cuando el sonido de las matas de mango movidas por el viento acompañan las conversaciones. Estaba conmigo en las buenas y en las malas.

Con la responsabilidad que implica crecer, el grupo de amigos se fue desperdigando, a tres de sus componentes el destino nos mandó directo a España. El último cumpleaños que celebramos fue en su habitación. Enrique y yo le llevamos una torta a la cama porque estaba enfermo de un dolor de barriga, según los médicos a causa del estreñimiento. El día antes de venirme a España se despidió cariñosamente de mí para siempre. Cuatro meses después Tortica murió de un cáncer fulminante.

No lo recuerdo con tristeza, más bien con alegría, con sus pantalones cortos blancos, en chanclas, con  el cigarrito en la mano subiendo la calle de mi casa para decirme un adiós cuando doblaba la esquina. Se fue debiéndonos aquel porfiado experimento: según él se podía apagar un cigarrillo en una palangana full de gasolina. Por eso no apagaba los cigarros en las gasolineras a pesar de la súplica de todos los que quedábamos dentro de la muñeca escuchando a Soda Stereo.

A Edwin por  siempre. 
 Santiago, 2008 

Pequeño homenaje a un vecino



Silfredo era el vecino de mis padres desde siempre en Maracaibo. Era un hombre feliz que enseñaba su diente de oro con su frecuente sonrisa. Adeco de corazón y convicción. Le gustaban las Aguilas del Zulia y conversar, pero su pasión fueron los gallos. Tenía un montón de ellos en el patio de su casa que nos despertaban cada mañana con sus cantares. 

Las gallinas con los peligros cacareaban a todo pulmón. Nadie sabía el porque de tanta colección de aves; hasta que un día mi hermano para entonces estudiante de periodismo le hizo una entrevista para un periódico local. Silfredo contó con orgullo la ardua y delicada tarea que era preparar un gallo de pelea. Esa era su profesión, conocía el mundillo de las peleas como la palma de su mano.

También le gustaba bailar y lo hacía con maestría. La última vez que lo escuché hablar fue cuando le hizo una visita a mi padre que estaba enfermo. Hablaban del corazón y como cuidarlo, arrastraba dos anginas de pecho. Contaba que había ido a una fiesta en donde estaba una muchacha que bailaba mucho y bien; y a él se le movían los pies solos. Tenía unas enormes ganas de mover el esqueleto, pero se acordó de Hernán otro vecino que murió infartado bailando un alegre vallenato años atrás, entonces le temblaron las carnes al pensar en la muerte. En la conversación mi padre relató que había bailado la “hora loca” en el matrimonio de un sobrino y mi madre asustada recordando también a Hernán lo obligó a sentarse con miedo a que cayera fulminado con tanta alegría y desparpajo en el cuerpo.

Disfrutaba atendiendo su pequeño abasto: coca-cola y maltas frías eran la especialidad para los mediodías calientes, más porque se tomaban bien conversadas en pie allí en su tienda. De esta manera los vecinos se informaban de la actualidad de la política y de la urbanización en animadas tertulias.

A mi padre le gustaba comprar el pan y de paso también echar su conversadita. Mi hermano Luis cariñosamente le llamaba Silfre y le fiaba los cigarros que después mi madre con enfado debía pagar.

Yo a mis venticinco años para él siempre fui la muchachita de “al lado” que una vez lo salvó de morir quemado. Lo desperté de un sueño profundo con un botellazo en la ventana que rompió los cristales mientras su cocina se incendiaba entre la gritería y el desespero de todos los vecinos.

Hace tres días Silfredo murió a sus 83 años. Siempre le recordaré con mucho cariño sentado en el frente de su casa cogiendo el fresquito de la tarde mientras vigilaba el juego de sus nietos.

Santiago, 2006

Atrapada por la tecnología

A mi madre no le gustan los cajeros automáticos, les teme, ella prefiere hacer las copiosas colas del banco antes de tener que enfrentarse a esas máquinas incomprensibles.

Mi padre se siente inseguro hablando antes las contestadoras telefónicas. Una vez llamó a mi hermano para felicitarlo por su cumpleaños y no sabía que decir ante esa desconocida, por fin cuando se armó de valentía dejó su mensaje y lo estructuró como las cartas que hacía muy bien en sus tiempos de secretario, la firmó. Sí, al final del mensaje dijo “tu padre” (hizo una pausa como quien deja el espacio correspondiente) y terminó con un “Vinicio”.

Cuenta un amigo de Extremadura que su papá tenía un problema con la cuenta bancaria y le contó su problema a la contestadora automática del banco a quien muy amablemente trataba de “mire usted señorita”. Y mi suegro no termina de entenderse con el teléfono móvil que le ha regalado su hijo.

A los jóvenes los adelantos tecnológicos nos hacen la vida más fácil, pero a la gran mayoría de los abuelitos se le complican las cosas.

Esta mañana de paseo,  estaba una señora de espaldas a un cajero automático y me llama con un “por favor” angustioso. Tenía la tarjeta en la mano. Me imaginé que era una de esas abuelas confiadas y en efecto lo era, pero estaba en una situación difícil. Me entregó la tarjeta;  le pregunte: “¡Ah! ¿quiere entrar?” y me dijo: “no, lo que quiero es salir”. La puerta le había pisado el abrigo, estaba atrapada, no sabía como abrir porque otra señora que salía la había dejado pasar. Desde hoy seguro que hace la cola como mi madre, sólo que aquí son cortitas.

Santiago, 2004


El mejor Toddy del mundo es el de mi papá. 

Sí, es cierto, mi papá hace un toddy que aún puedo saborear en mi memoria. No habíamos terminado la frase “quiero un Todd…” cuando mi padre ya estaba poniendo en marcha la licuadora. Vainilla, a veces galletas, y mucho hielo eran parte de los ingredientes que hacían a esa bebida achocolatada venezolana tan maravillosa que hasta mi madre rompía su estricta dieta con un vaso de toddy. 

 Mi papá siempre estaba dispuesto a cualquier hora y en cualquier situación a preparar su alabado Toddy.

La habilidad de hacer del toddy una bebida de los dioses, parece que es genética, de lo poco que recuerda de su papá es que también tenía ese don que compartía en su negocio de batidos en Santa Bárbara del Zulia.

 Los intentos de igualar el toddy de mi papá eran fallidos, eran como los intentos de grandes empresas en imitar la Coca-cola. Le faltaban los mililitros de espumita cremosa que nos pintaba el bigote, la textura del hielo picado, el sabor del ingrediente secreto, ese que sólo los padres como él tienen: su amor, su dedicación y sus mimos. Otro día hablaré de la salsa para mojar el pan en las meriendas, que sin saberlo era el mejor “Pa amb tomáquet” que he comido en mi vida.

Mi papá es el mejor
Santiago,2009



Fiestas y fiestas y más fiestas

 Una de las cosas que más me gustan de España son sus fiestas. La más conocida son las Fiestas de San Fermín en donde la gente se divierte siendo perseguida por enfurecidos toros. Esa es una de las miles que hay en cada provincia de este país. En otra provincia (que no recuerdo el nombre) hay un San Fermín parecido; es decir una encerrona de toros a orillas de un malecón y para salvarse hay que lanzarse al agua fría. Divertido ¿no?

Yo estoy esperando con ansias en Entroido (carnaval en gallego) de Laza, una de las más pintorescas y raras celebraciones de estas fechas. Salen a la calle unos hombres disfrazados (Peliqueiros) que persiguen al público lanzándoles tierra con harina y hormigas disgustadas. También sale "A Morena" un hombre con una cabeza de vaca que intenta subirles la falda a las mujeres y para terminar se lanzan cabezas de puercos cocidos al público que estos los devoran en el acto como lobos hambrientos. 

Igualmente están las fiestas gastronómicas que merecen mención especial aquí en Galicia donde se come mucho y delicioso, como la "Fiesta del cocido". Antes de esta hay una tradicional que se llama "Fiesta de la matanza" en donde los asistentes ven en vivo y directo la matanza de un puerco por un profesional del medio rural. Se siguen todos los pasos: el chamuscado, el lavado a presión y el despiece incluido la extracción de vísceras que tradicionalmente realizan las mujeres. La fiesta finaliza con la cena: panceta, hígado, orejas y costillas acompañadas con un buen vino. 

Para estas fechas también se celebra la Fiesta de la Filloa. La filloa es como un crepé que se come en carnaval rellena de crema, nata, chocolate; pero que también se rellenan con sangre, morcilla o chorizo. Yo el año pasado las comí de chorizo, una especie de "perritos calientes de la tierra". Y así cada fin de semana una diferente. 

Las hay también hermosas como la de el Corpos Christi donde las calles de la Villa de Ponteareas se tapizan con espectaculares alfombras florales o la Fiesta de la Historia donde el pueblo de Ribadavia por unos días se convierte con gran exactitud a la edad media: mercadillos, artesanías, vestimentas y hay que comprar con maravedíes. Para estas fiestas se alquilan trajes medievales y las "rumbas" son relamente de bárbaros.

Santiago, en una tarde lluviosa recién llegada a Galicia.

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